jueves, 22 de marzo de 2012

A la sombra del águila

Cinco gatos mueven la cola frente al calor de la chimenea y los chorizos de la parrilla. El adusto cuadro de un militar, familiar cercano, corona la escena. Mientras, ella habla orgullosa de los antecedentes nobiliarios de su apellido y su estrecha relación con la Iglesia. Los ojos le brillan y la sonrisa le resplandece con cada nuevo alarde.

No parece interesarse por las opiniones, vidas o anécdotas de los demás presentes, sino por hacer oír a toda costa su marcado punto de vista. A veces me mira insistente, y hasta me zarandea del brazo para captar mi atención. A la mesa nos acompañan su marido, su hijo y dos amigos de este.

No recuerdo los nombres de los jóvenes sino las profesiones de sus padres. Y es que esta familia tiene por costumbre hacer las presentaciones acudiendo al rol que aporte más postín: Fulanito, hijo de un juez; Menganito, hijo de un cirujano. Se ve que, aunque pasen de los treinta, siempre han vivido del cuento. Yo me apellido González y mis padres son pensionistas. Y, aunque he trabajado toda mi vida y soy licenciada con experiencia, solo me presentan por mi nombre de pila porque ahora trabajo en un supermercado.

En las paredes, llenas de pesadas cortinas y escayolas, retumban los clichés de la derecha más rancia y atávica. La ley natural del más fuerte; burlas a la demagogia del pobre, tan envidioso; la necesidad de mano dura y disciplina en el país, como pasó con Franco; la queja por el exceso de impuestos para quien se ha trabajado llegar alto; los vagos mantenidos por el Estado; los maricones; la defensa del Rey; el peligro catalán; las buenas familias; los abortos; demasiados días de fiesta al año; las -falsas- huelgas superproductivas japonesas; lo ideal de invalidar los votos de tantos incultos...

A pesar de que difiero en todo, me esfuerzo en entender la postura de esta familia. Entiendo que sus arengas provienen de la educación que han recibido, nunca me gustó cerrarme en mis propias ideas, y se aprende tanto escuchando... Pero les interrumpo por primera vez en toda la noche para confesarles con sincera tristeza que, tras escuchar sus discursos, a veces no sé dónde situar mis ideales. Intento hilvanar un discurso profundo acerca del sentido de la existencia y la aceptación del mal y el bien como caras de la misma moneda. Pero me interrumpen para aconsejarme que vea Intereconomía y lea a Pío Moa. Y entonces prefiero ir a enjuagarme la cara en vez de continuar.

En el tramo de escalera hacia el baño, junto a un cuadro de Cristo, una enorme bandera de España luce con el águila. Según resolvían hacía rato con desdén hacia los incultos izquierdosos, es el simbolo de Isabel la Catolica, muy devota de San Juan. Y un orgullo, porque es señal de la fidelidad Católica, altos valores, Unidad, Grandeza, Orden, y Justicia Social.

¿Justicia Social? Mientras orino pienso que algo de razón sí que tienen estas huestes del arribismo y de los símbolos amedrantadores. Sin duda la ley del más fuerte es insuperable y hasta necesaria, porque su desaparición conduciría a la descomposición de la sociedad. Pero la igualdad de los hombres no es una noción artificial y decadente como quieren hacernos ver en su cínica absurdez, sino lo que nos ha permitido ser civilizados. Una convivencia sostenible y pacífica precisa, sin duda, de controles a la sádica avaricia de tantos.
Vuelvo a la mesa y sigo escuchando justificaciones a la barbarie: los empresarios que explotan de mala manera a niños y adultos de Asia, África o India no son ONG's, y por lo menos les dan trabajo. Además, en todos los trabajos siempre ha habido que aguantar, y lo que no puede ser es exigir vacaciones y buenos sueldos y ponerse malos cada dos por tres.

Me gustaría contarles que en mi supermercado tenemos que ir a trabajar hasta con fiebre o algo roto porque si no nos largan. Que van pasando con una botella de agua de vez en cuando para que no vayamos a perder ni un segundo, ni siquiera yendo al baño. Que a veces nos obligan a comprar esos productos de promoción en caja que han sobrado. Que no respetan turnos ni horarios. Ni nos dan el derecho a huelga el 29 de marzo.

Pero, como no me hacen caso, me entretengo pensando en qué será de esos pobres chabales cuando sus padres el cirujano, el juez o el abogado vayan al cielo y los dejen solos y desamparados. Porque, Dios no quiera que no encuentren trabajo para poder pagarlo, pero el IBI de los chalets es mucho más caro...


Un libro para la familia: Los santos inocentes, de Miguel Delibes.























Una canción para la familia: Suite - Novecento, de Ennio Morricone




Una película para la familia: La serpiente a la sombra del águila, de Jackie Chan


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