En la Inglaterra de los pasados 80 era convocada una huelga
general de calado internacional porque Margaret Thatcher pretendía acabar con
los logros obreros sociales conseguidos hasta el momento. Su política liberal buscaba la desregularización financiera, la flexibilización del
mercado laboral, la privatización de empresas públicas y la reducción del poder
de los sindicatos.
La dama de hierro declaraba: "Tuvimos que luchar contra
el enemigo exterior en las Malvinas. Siempre tenemos que ponernos a salvo del
enemigo interior, mucho más peligroso, difícil de batir y nocivo para la
libertad".
Hoy, en España, nos dicen que debemos aceptar con resignación las medidas
coyunturales necesarias para combatir la crisis. Una recesión de la que además pretenden hacernos los culpables por haber firmado unas usureras hipotecas que
deberemos seguir pagando aunque nos quiten las viviendas; por habernos atrevido a tener teles de plasma; y por todas las recetas médicas que pidieron nuestros aburridos jubilados.
Claro, mejor eso que no hablar de los timos conchabados de las agencias de calificación, el casino internacional apoyado por las grandes instituciones financieras y políticas, los grandes especuladores, el multimillonario fraude fiscal, el despilfarro de la clase política o los saqueos a las arcas del Estado.
Los derechos para todos los individuos van a ser borrados de un plumazo junto a miles de años de conquistas sociales y más de un -ya no- intocable precepto constitucional. Jornadas de 8 horas, salario mínimo interprofesional, prestaciones por desempleo, horas extraordinarias y vacaciones pagadas, permiso por maternidad, indemnización por despido, negociación colectiva, derecho a la educación y acceso gratuito a la sanidad. Todo será una entelequia si dejamos que gane la partida una política que prima los desmesurados privilegios de unos pocos.
Claro, mejor eso que no hablar de los timos conchabados de las agencias de calificación, el casino internacional apoyado por las grandes instituciones financieras y políticas, los grandes especuladores, el multimillonario fraude fiscal, el despilfarro de la clase política o los saqueos a las arcas del Estado.
Los derechos para todos los individuos van a ser borrados de un plumazo junto a miles de años de conquistas sociales y más de un -ya no- intocable precepto constitucional. Jornadas de 8 horas, salario mínimo interprofesional, prestaciones por desempleo, horas extraordinarias y vacaciones pagadas, permiso por maternidad, indemnización por despido, negociación colectiva, derecho a la educación y acceso gratuito a la sanidad. Todo será una entelequia si dejamos que gane la partida una política que prima los desmesurados privilegios de unos pocos.
Pero hay muchos que piensan que la cosa no va con ellos. Y que, habiendo otros a los que explotar, no serán ellos los que se vean como los peones que construían las pirámides,
como los suicidas tras el Crack del 29, las clases humildes tras la
guerra civil o los millones de semiesclavos que sigue habiendo en tantos países. Trabajando todo el día sin derechos ni seguros para que los vendidos
políticos, los usureros financieros, los desalmados empresarios y la corruptela judicial sigan jugando al monopoli
con nuestras vidas.
Un libro para la huelga: Las uvas de la Ira, de John Steinbeck
Una canción para la huelga: La paloma de la paz, de Chicho Sánchez-Ferlosio
Una película para la huelga: La huelga, de Eisenstein
Una canción para la huelga: La paloma de la paz, de Chicho Sánchez-Ferlosio
Una película para la huelga: La huelga, de Eisenstein

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